¿Hay algún humano que no haya sentido el deseo de radicalidad?
Hace un tiempo, y desde la niñez, para mí ser radical era irme a un lugar lejano a trabajar por los más pobres, partir al África o a conocer el trabajo de los mineros en Chile. La radicalidad de alguna manera se relacionaba con un pasaje, un barco, un avión o una carretera. Estaba excluido de la radicalidad el permanecer en mi lugar. Y tiene sentido, porque en su esencia ésta se opone al status quo, al mantener las cosas como están. Al contrario, ser radical es lanzarse al vacío, es dejar de controlar y sólo buscar lo necesario. Sólo es radical el que lo deja todo, pero habría que preguntarse qué es dejar todo.
También se dice que alguien se radicaliza cuando toma posturas extremas, por ejemplo cuando un movimiento político opta por la vía armada o cuando se piden cambios inalcanzables. Más allá de todo, lo radical proviene de buscar la raíz de las cosas, lo fundamental. Cómo se concreta eso se ve caso a caso: si lo fundamental para uno está en África, entonces a comprar los pasajes; si es vivir en Rio Bueno, entonces a echar bencina, y si es Santiago, buscar aquí y ahora lo fundamental.
Cuando me planteaba el deseo de ser radical, pude observar 3 impedimentos en la búsqueda: El deber ser; la imagen y el futuro.
1. El deber ser: Esto tiene que ver con mi visión de Dios. Hasta hace poco pensaba que Dios me decía qué debía hacer, era cosa de escucharlo y me decía que hacer. Pero ahora creo que la cosa es de otra manera: Está Dios que tiene un proyecto, está la realidad, está mi libertad y yo tomo las decisiones que me parecen mejor para colaborar con el proyecto de Dios. De esta manera ya no hay deber ser, están las decisiones que creo mejor, que pueden ser equivocadas o acertadas.
2. La imagen: El ser radical genera vanidad, porque tiene costos pero que a cambio brindan la admiración del resto. Es admirable el que se va lejos, el que está ocupado siempre, el que vive en pobreza. Entonces es fácil hacerse esclavo de eso e ir en contra de los verdaderos deseos, que pueden ser muy radicales pero que podrían caber, en parte, dentro de lo convencional. Digo "en parte" porque aunque sea en la opulencia la radicalidad es siempre potente y disruptiva.
3. El futuro: Hasta hace un tiempo vivía con un sentimiento un poco angustiante de que no podía encontrar aquello que me dejaba tranquilo en cuanto cómo aportar al mundo. Vivía un poco frustrado, quería más y ese más no lo encontraba. Aparte, el futuro estaba lleno de grandes proyectos, de grandes aventuras que me dejaban viviendo en lo que todavía no es, dejando de lado y sin darle la verdadera importancia a lo que hoy es.
Pero entonces caí en la cuenta que la radicalidad más que una meta es como en un gráfico un vector, una flecha. Uno es radical porque apunta a un lugar y porque como flecha se desplaza rectamente y sin desviarse. Mi recorrido me hace radical, no ese proyecto grandilocuente.
¿Cuál es el punto entonces? Que la paz con los demás y con uno está en distinguir entre el gran sueño y los proyectos. El sueño debe ser grande y todo debe enfocarse a él, los proyectos son circunstanciales y sólo valen la pena en la medida que sirven al sueño. Lo verdaderamente importante es que el gran motivo de la vida se concrete en la realidad. Si el mundo está mal es por dos razones: Los sueños no existen en la vida de las personas o porque hay un quiebre entre los sueños y lo concreto. Entonces ser radical es concretar en cada cosa mi sueño. Así se hace palpable en la vida y no cargo con la angustia de dar un gran salto que no existe en el aquí y ahora y con las circunstancias que me rodean.
Ser radical es transparentar día a día lo que me ata a la vida, mi raíz, de modo que entre el fruto y la raíz sólo hayan ramas y hojas transparentes.
Ser radical, antes que cualquier plan, es darse cuenta que hay que optar por hacer el mayor bien que uno puede hacer aquí y ahora.
