Uno de los elementos presentes en nuestra cultura, que llevan a que seamos un país tan desigual como reveló nuevamente la encuesta CASEN, a mi juicio, es el mérito.
Es común hablar de la meritocracia como un ideal, por el cual las personas valen y son reconocidas por lo que han conseguido por sí solos y no por otros elementos distorsionadores como origen social, rasgos físicos, etc.
El mérito habla de que alguien tiene algo, porque lo merece. Pero ¿qué es lo que nos hace merecedor de estas cosas? Comúnmente se nombra a los resultados académicos, el emprendimiento, etc.
Y ahí está la gran falsedad del mérito, porque todo aquello que nos hace tenerlo – como la inteligencia- es un regalo. No ha sido mérito nuestro nacer con inteligencia, además en un medio adecuado para desarrollarla, ni ser estimulados por personas que nos aman; sino que han sido dones recibos.
Siempre habrá excepciones, personas que a pesar de nacer en un contexto inclemente, pueden sortear cualquier dificultad, personas dotadas –nuevamente algo no merecido- de un espíritu de superación que no cualquiera tiene.
Así, no merecemos muchas de las cosas que nos han llevado a tener una profesión ni un lugar privilegiado en la sociedad. No me refiero a que exista un determinismo, porque somos libres y esos dones podemos desarrollarlos o no, podemos usarlos para el bien o para el mal; pero sí quiero insistir en que mientras los que recibimos ciertos dones escasos –como una buena educación valórica e intelectual- creamos que tenemos lo que tenemos gracias al mérito, será imposible construir un país de hermanos.
El libre mercado tiene este gran problema, hacernos creer que lo natural es que cada uno se rasque con sus propias uñas, partiendo de la premisa que el esfuerzo es el único elemento necesario para el éxito.
Al contrario, debemos ver al mundo como una comunidad en la que todos tenemos dones diversos los cuales tenemos que desarrollar y ponerlos a disposición de los otros, como una mesa en la que todos ponemos aquello que hemos recibido. En ella habrá dones que son muy valorados por una cultura exitista como la nuestra, pero habrá dones igual o más importante que hoy son vistos sin mucha importancia, cuando son la base de la sociedad; como el ser buen padre y madre o el hacer bien el trabajo por humilde que sea.
Así, conscientes de que no merecemos lo que tenemos, porque la gran mayoría es puro regalo de Dios y de los que nos aman, la desigualdad no tiene excusa y nos hacemos solidarios de la responsabilidad de construir un país donde hayan condiciones mínimas de dignidad para todos.

